Convento San Salvador

Convento de San Salvador

La fundación de un convento franciscano en la localidad de Pina de Ebro en 1530 es posible gracias al mecenazgo del primer conde de Sástago, Don Blasco de Alagón. Como parte de sus edificaciones se aprovecho para iglesia conventual un antiguo templo de fábrica mudéjar, actual iglesia parroquial de la Asunción de Nuestra Señora que a continuación veremos con detenimiento, y que probablemente sea la misma que ya Blasco de Lanuza cita en sus “Historias Eclesiásticas y Seculares de Aragón” como “antigua iglesia de San Salvador” advocación que dio nombre al cenobio franciscano. Serán el nieto de Don Blasco, Don Artal de Aragón Martínez de Luna, tercer conde de Sástago, junto a su esposa Doña Mª Luisa Fernández de Heredia quienes, ya en la segunda mitad del siglo XVI, continúen las obras de tal manera que, según el citado Blasco de Lanuza: “mejoraron la iglesia, casa, claustros, ensancharon la huerta y enriquecieron la sacristía de los ornamentos, plata y jocalias necesarias y una librería de muy buenos y muchos libros, y fabricaron otras oficinas importantes, con que le dieron el cumplimiento y decencia que hoy tiene”.

En el siglo XVIII se producen reformas en la iglesia y en la sacristía que veremos al tratar de las mismas. Es en el siglo XIX cuando, como consecuencia de la Desamortización de Mendizábal el convento es abandonado por los monjes y a excepción de la iglesia que ha sido utilizada como parroquial, al resto de dependencias monásticas se les dan distintos usos (cárcel, juzgado, club ciclista, almacén municipal, viviendas …) que unidos a las secuelas de la guerra civil conllevó que el espacio conventual quedase totalmente destrozado y desvirtuado. Es a partir de 1985 cuando se inician las obras de recuperación y restauración, que debido a las continuas paralizaciones, por cuestiones presupuestarias, se han alargado hasta principios de este año de 2011 en que se han dado por concluidas.

De aquellas primitivas dependencias del siglo XVI se ha recuperado el claustro, la sacristía y la capilla de la Virgen, que veremos a continuación además de la iglesia y su torre, principales construcciones mudéjares del conjunto monástico.

La torre es de planta rectangular y se levanta adosada al lado septentrional del tercer tramo de la iglesia. Dividida en cuatro cuerpos en altura, solamente los dos primeros corresponden a la primitiva fábrica mudéjar del siglo XIV. Coetáneo de las dependencias monásticas del XVI es el segundo y de las reformas barrocas del XVIII el tercero.

Al interior, la primitiva estructura mudéjar ha sido totalmente modificada en la última reforma, habiendo desaparecido la caja de escaleras cubierta con bovedillas por aproximación de hiladas que discurriría entre el machón central y el muro de la torre exterior. Lo que sí es posible que se corresponda con la primera obra es la capilla que ocupa su parte baja lo que hace que el acceso se realice en alto, actualmente a través del coro. Esta solución de una capilla alojada en la parte inferior la encontramos en otras torres fechables en el mismo siglo XIV como las de San Andrés o Santa María de Calatayud. Por supuesto que si éste fue el sistema adoptado en origen, el machón central sería hueco para aliviar el peso que descargaba sobre la bóveda de la capilla.

Al exterior las construcciones anexas solamente dejan visible una pequeña franja de la parte alta del primer cuerpo donde se advierte una banda de esquinillas simples como única decoración y una imposta de modillones de ladrillo que sirve de separación con el segundo cuerpo.

En este segundo cuerpo se suceden en altura tres bandas con motivos ornamentales en ladrillo resaltado. En primer lugar aparece una doble banda de zig-zag, seguida de una banda de esquinillas compuesta por dos líneas de tres hiladas cada una dispuestas al tresbolillo.

Las dependencias conventuales se levantan anexas al lado de la epístola de la iglesia. Las fachadas exteriores aparecen totalmente reformadas con las recientes restauraciones. Únicamente se aprecian en la recayente a la plaza los contrafuertes del muro del claustro. El acceso al mismo se realiza a través de una sencilla portada de ladrillo en arco de medio punto situada al lado de la fachada principal del templo. Curiosa resulta la piña labrada en la esquina, quizás recordando el nombre de la localidad.

Tal y como queda dicho, son dos las principales fases constructivas de este convento. A la primera, renacentista de finales del siglo XVI, corresponden el claustro y la capilla de la Virgen. A la barroca de finales del XVIII, la sacristía. Obviamente solamente me refiero a las dependencias y aquellos espacios que actualmente se conservan.

De todas ellas es el claustro el que presenta mayor interés. Se ha recuperado completamente, eliminando todos los tabiques que compartimentaban sus galerías y se ha despejado el patio central que estaba colmatado de tierra y desechos que impedían la vista de su arquería. Se trata de un claustro de planta cuadrada y de reducido tamaño.

Cada uno de las crujías las conforman cuatro tramos que abren al patio central mediante dobles vanos que cierran en arcos de medio punto sustentados por columnas toscanas de alabastro (la mayor parte de ellas repuestas en la restauración) que en los extremos se adosan al muro y que se apoyan en un antepecho de escasa altura.

Estos arcos, sobre los que aparece un óculo, se inscriben en otro mayor también de medio punto, formando una composición típica de la arquitectura aragonesa del siglo XVI. En las esquinas de dos de los lados, este doble vano se alarga hasta el suelo, apeando la columna en una sencilla base central, permitiendo de esta manera el acceso al patio central.

Los tramos del claustro se cubren con bóvedas de crucería sencilla con nervios moldurados al estilo de la época que apoyan en sencillas ménsulas. Las claves circulares son lisas. Todo el conjunto es de una enorme sencillez y sobriedad, sin ningún tipo de elemento decorativo.

De todo lo que fueron dependencias anexas al claustro nada resta excepto una pequeña capilla y la sacristía dieciochesca. El resto de espacios estaban tan desvirtuados que ha sido imposible recuperarlos por lo que se han habilitado las estancias para diversos usos culturales y lúdicos.

La antigua sacristía de la iglesia es obra del siglo XVIII, y lo que se aprecia y resta de la misma es una sala que está cubierta con bóveda semiesférica con cuatro nervios que desde la base van a terminar en una moldura circular en el centro donde debería de ir la linterna.

En la crujía noreste del claustro se sitúa una pequeña capilla u oratorio conocida como Capilla de la Virgen, de planta rectangular con cubierta adintelada, en la que llama poderosamente la atención la total ausencia de decoración arquitectónica y escultórica. Esta carencia se suple a base de pinturas murales que cubren toda la superficie, opción adoptada seguramente por ser más económica que las anteriores.

En el muro principal abren dos hornacinas y la decoración mural es a base de simulación de falsas arquitecturas en forma de pilastras, frontones partidos y veneras que enmarcan las hornacinas y las decoran interiormente. Es de suponer que en el centro se ubicase una tercera hornacina, donde ahora lo hace la ventana, que cobijaría la imagen titular de la capilla.

Muchas de estas representaciones están perdidas o deterioradas a pesar de lo cual todavía se distinguen buena parte de ellas, algunas acompañadas de breves inscripciones. Destacan el sol como imagen de Mater Inviolata, el hornus conclusus como Mater Castíssima, la fuente como Mater Divina Gratia, la torre como Turris Eburnea o Turris Davidica y el escudo como Virgo Clemens.

Todas las pinturas están elaboradas con colores vivos, principalmente ocres, rojos y verdes, y son de mediana factura. Por los elementos que representan de clara tradición barroca, se pueden datar en la primera mitad del siglo XVIII. Tanto en las crujías del claustro como en la galería superior se detectaron pequeños restos pictóricos del mismo estilo, algo que hace pensar que seguramente los muros de estas dependencias se cubriesen con este tipo de pintura mural.

Por último, la galería superior del claustro sigue la misma línea de austeridad que la inferior, desprovista de cualquier tipo de articulación mural o elemento escultórico. Lo único que rompe ligeramente la monotonía del espacio, son los dos pequeños poyos que flanquean cada una de las cuatro ventanas rectangulares que dan luz a las cuatro alas. Se cubre con bóvedas de revoltón y vigas a la vista. A tres de estas alas se abrían en origen las pequeñas celdas de los monjes. Actualmente lo hacen modernas dependencias.

Publicado en la web de Aragón Mudejar. Bibiografía específica sobre el lugar:

 

BARLÉS BÁGUENA, Elena; BORRÁS GUALIS, Gonzalo M.; ÁLVARO ZAMORA, Mª Isabel.- “El convento franciscano de San Salvador en Pina de Ebro (Zaragoza)”, Artigrama nº 3 páginas 49-103. Zaragoza. 1986

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