Fiesta de San Juan

Fiesta de San Juan

Toro de Sogas en Pina de Ebro. El Museo Universal, 1863.

Julio Álvarez Adé nos cuenta en las páginas de El Museo Universal, en 1863, que estaba en la mañana del 23 de junio de 183… cuando recibió una carta que de Pina le dirigía un primo suyo, mayordomo aquel año de la fiesta de San Juan, en la que le decía:

Mi querido primo, ya sabes que soy este año mayordomo de la cofradía, y como me tienes dicho que te avise, lo hago así para que vengas, pues de seguro que te divertirás, porque el toro de sogas que tenemos este año es muy fiero y no dejará de hacer de las suyas, y luego podrás ponerlo en esos papeles que tú tienes de Madrid. Te mando con un mozo el caballico para que te vengas sin falta, pues te espera hoy a comer tu primo.- Mariano”.

Julio Álvarez acudió a Pina con la intención de recoger con su pluma los incidentes más notables que ocurriesen en la tal función y demás circunstancias particulares que la acompañan, y así lo hizo.

Cerca de Pina ya escuchó los ecos de la chillona gaita y el monótono tamboril; era el exordio de la fiesta de San Juan, que comenzaba con una vuelta al pueblo de ambos instrumentos.

Son las tres de la tarde y con esta hora las vísperas a las que la asistencia es muy limitada, pues se reduce al clero, mayordomo de la cofradía, sargentos y abanderado de la misma de riguroso uniforme, esto es, con casaca de la época de Carlos III, calzón ajustado, zapato y sombrero apuntado, espada y alabarda los sargentos, que son cuatro, llevando en el centro al de la bandera.

Precedidos de la gaita y el tamboril, dan antes una vuelta a la población y hacen sus correspondientes saludos al pasar por la iglesia. Terminadas aquellas, vuelven todos a casa del mayordomo conservador, donde se sirve chocolate, y en cuyo balcón ondea ya toda la tarde el emblema del santo patrón (…)”.

Al anochecer se publica un bando al son de la caja, que dice así: «Se hace saber a todos los cofrades de San Juan, que acudan a las cuatro de la mañana a tomar el refresco a casa del mayordomo conservador». En realidad, el “refresco” al entrar en el cuerpo calentaba.

A las diez comenzaban las albadas: “canto popular de monótona cadencia alusivo al objeto de la fiesta, que recuerda acaso las costumbres de aquella larga época de la dominación musulmana, y que cuyo origen se pierde en la oscuridad de los tiempos”. El resto de la noche, recorrían las calles de la villa rondallas al estilo del país con sus guitarras y panderetas.

Al alba, la campana llama a los fieles a la primera misa, y entretanto comienza a oírse algún escopetazo, cuyo fuego va gradualmente aumentando, “como si la población se hallase acometida por los bandoleros y el vecindario se resistiese desde sus casas”. Son los cofrades que se entretienen en disparar al aire sus escopetas.

Foto: Ayuntamiento de Pina de Ebro.

Los mozos acuden en busca del toro de sogas, que con un collarín de cintas y campanillas, y bien amarrado, es traído a la plaza, donde permanece hasta después del refresco.

Los cofrades, cuyo número ascenderá a más de trescientos, van reuniéndose en la calle y frente a la casa del mayordomo conservador. Entre tanto, una cuadrilla de danzantes, compuesta de seis moros y seis cristianos, con sus obligados mayoral y rabadán, acompañada de los sargentos, gaita y tamboril, da la vuelta al pueblo.

Reunida la gente y alineada, se anuncia que se va a repartir el refresco y se ordena que no se incluyan en las filas los que no sean tales cofrades. Enseguida, los encargados de la distribución y los sargentos reparten roscones, dando dos grandes trozos a cada uno, y otros dos vasos de vino blanco por cabeza, con lo que más de uno suele alegrarse un poco.

Foto: Ayuntamiento de Pina de Ebro.

Concluido el refresco, se da a cada cofrade que acude con escopeta tres onzas de pólvora para hacer salvas. Salen entonces de casa del mayordomo conservador los que lo han sido de la cofradía en años anteriores, acompañando al de la bandera, y se ordena el alarde, “llamado impropiamente procesión por algunos, pues ni va capítulo, ni cruz parroquial”. Consiste en una cuadrilla de mozos que traen amarrado al toro y que forman la vanguardia de la gran masa de gente.

El toro es el requisito indispensable de la fiesta, elegido entre los más bravos, el cual, atado por dos sogas, una que tiran los de delante y otra que llevan los de atrás, impide que pueda causar incomodidad alguna. Siguen los cofrades en número bastante considerable, armados algunos con escopetas, sargentos de uniforme y alabarda, danzantes, gaita y tamboril, pendón de San Juan, la efigie del Santo colocado sobre una peana y que al pasar por la plaza toman sobre sus hombros cuatro robustos gañanes, sigue la bandera de la cofradía y cierran la comitiva, como presidiendo, los mayordomos.

Foto: Ayuntamiento de Pina de Ebro.

El alarde recorre las principales calles de un barrio llamado Parroquia. Sale de la plaza denominada Marrán y, tomando el camino de las Cruces, sigue dando vueltas por la huerta a un cuarto de hora del pueblo, a salir por la puerta del hospital o ermita de San Blas, y de la calle de la Manga a la Mayor. En el trayecto que media desde esta entrada del pueblo hasta la plaza, se encuentran suspendidos en diferentes puntos, de ventana a ventana, varios peleles o muñecos construidos con ropas viejas y repletos de paja, que en Pina se llaman pairos, los cuales, así sostenidos y bajados a nivel del suelo, sirven de motivo de enfurecimiento al toro que viene delante. El animal descarga sobre ellos cornadas, poniendo las más de las veces a descubierto la materia fofa de que se hallan henchidos, lo cual excita sobre manera la risa a las gentes de buen humor. Nuevamente elevados son objeto de puntería a los escopeteros, que sin piedad se ceban sobre ellos, disparando a quema ropa sus armas de fuego, a cuyas descargas repetidas suelen encenderse y venirse al suelo formando una pequeña hoguera.

Foto: Ayuntamiento de Pina de Ebro.

Llegado el alarde a la plaza retiran el toro, entrando en ella rigurosamente formados todos los cofrades, y el Santo se coloca en uno de los ángulos. El teniente de la cofradía se pone a la cabeza de la gente dividida en pelotones, guiados por los sargentos y formada de cuatro a cuatro en fondo. Con el primero marchan a tambor batiente, marcando el paso redoblado con la mayor precisión, la bandera y el pendón de San Juan, y describiendo un círculo cuanto permite la extensión de la plaza y formando una línea reentrante; el círculo se va limitando cada vez más, a manera de una culebra que se enrosca, cuya evolución se conoce con el nombre de “caracola”. Reunidos todos en un pelotón ordenado, vuelve a deshacerse en igual sentido, disparando las escopetas al pasar cerca del Santo, tanto al hacer como al deshacer la expresada evolución.

Foto: Ayuntamiento de Pina de Ebro.

Concluida ésta, y al entrar el Santo en la iglesia, los escopeteros forman en dos alas y disparan todos sobre él a discreción, envolviéndole en una densa nube de humo. Luego hay misa cantada de cofrades, en la que, como en las vísperas, salen los sargentos a sacar la cera, y se celebra en el altar del titular, único día en todo el año.

Después de misa, los danzantes, sargentos, gaita y tamboril acompañan, a casa del mayordomo conservador para tomar chocolate, al sacerdote celebrante, organista y demás del coro, así como a los pasados mayordomos. A las nueve se celebra la misa conventual y, concluida, los danzantes traen igualmente al predicador a casa del mayordomo.

Foto: Ayuntamiento de Pina de Ebro.

Terminada la fiesta tienen lugar los “dichos” a la puerta del conservador, en presencia de la imagen del Santo y en loor del cual se citan los mayores elogios, respecto a su vida y virtudes, y concluyen con una danza o pasacalle.

Por la tarde se repiten las vísperas, y tras esta, la verdadera procesión de San Juan recorre la vuelta de costumbre, con varios pendones y su correspondiente acompañamiento. Se da la circunstancia de que en ella los sargentos van descubiertos y con las alabardas del revés, cuya humillación de armas se hace en señal de respeto y sumisión al Santo, bajo cuya intercesión los cristianos lograron expulsar de Pina a los “partidarios del falso profeta”.

Después de la procesión llevan la bandera de la cofradía acompañada de los sargentos, danzantes, gaita y tamboril a tomar posesión en la casa del nuevo mayordomo, en cuyo balcón o ventana la colocan por espacio de media hora. Durante este tiempo se hacen en la puerta unas mudanzas de danza. Vuelve a replegarse la bandera y se deposita en la casa del conservador. Los sargentos se retiran a las suyas y los danzantes continúan hasta el anochecer ejecutando bales en las puertas de varios particulares.

Según Julio Álvarez, “se da la singular coincidencia de que la sonata, a cuyos ecos tienen lugar las danzas de este día en Pina, es exactamente la que se tañe en Valencia en casos análogos cuando hay funciones de moros y cristianos”.

Así era el desarrollo de la fiesta y en cuanto a su origen no pudo averiguar nada con certeza, únicamente se sabía por tradición que se instituyó en memoria de la expulsión de los moros que habitaban en Pina, en el barrio llamado de la Parroquia, y que en aquella época acaso se denominara la Morería.

Foto: Ayuntamiento de Pina de Ebro.

Se contaba que, para arrojar de Pina a los infieles que habitaban dentro de su recinto, los cristianos idearon la lidia de un toro, diversión a la que eran muy aficionados aquellos, y que habiendo salido de sus guaridas a disfrutar de la fiesta, lo cercaron y acorralaron obligándolos a huir de la población, sin volverlos a permitir la entrada. Desde entonces se refugiaron en Alcalá, pequeño pueblo que existió entre Gelsa y Pina.

Julio Álvarez no pudo obtener ninguna otra información que no se refiriera a la tradición; revisó infructuosamente el libro de las instituciones de la cofradía, formado de nuevo en 1722, donde solamente estaban las reglas de la institución, el modo de celebrarse la fiesta de San Juan, la asistencia que debía prestarse a sus cofrades, así como el entierro que había de hacérseles llegado el caso de defunción, varias partidas de cuentas de gastos ocurridos con motivos de la fiesta en varios años y otras, que no ayudaban a indagar el origen. Únicamente encontró en los libros parroquiales dos textos que recogía íntegros, tal como los reproducimos, por la relación que con tal acontecimiento pudieran acaso tener.

En el tomo primero de bautizados (página sin folio) se encuentra lo siguiente: «A 26 días del mes de abril del año 1588. Yo Mosén Pedro Cortés, vicario de Pina, bautizo según el rito de la santa iglesia de Roma a un hijo de Blasco Ángel y de María Anchipol, su mujer, llamose Blas, fueron compadres Colás Temina e Isabel de Salillas.- Estando bautizando éste, vino Lupercio Latrás y Miguel Juan Barbed con sus lacayos sobre Pina, los cuales hicieron grande matanza de los nuevos convertidos, ansi de hombre y mujeres y criaturas que fueron hasta cuatrocientos o más y después hicieron grandes despojos de sus haciendas de muebles, ganados gruesos y menudos, y todo lo que sabían que era suyo, todo lo tomaban, el trigo y harina y escudillas y platos: hallábanse en poder de estos convertidos y en sus casas escondidos muchos libros y cosas y señales que eran moros y que guardaban más la ley de Mahoma y de Moisés que la de Cristo, porque los hombres que mataron estaban todos circuncidados según su ley: y se halló en poder de un muerto escrita de nuestra letra la orden de su bautismo para que lo defendiesen con sus reglas en romance y el bautismo y lo que habían de decir en algarabía». En el mismo tomo (página también sin folio) se lee lo siguiente: «El 26 de julio de 1610 y a las cinco de la tarde salieron de Pina los nuevos convertidos a su destierro de África por orden de Felipe II de Aragón y III de Castilla, dejándoles sacar lo que pudieran sacar a cuestas solamente».

Foto: Ayuntamiento de Pina de Ebro.

Para concluir, Julio Álvarez añadía que los cargos de teniente y sargentos de la cofradía eran hereditarios, aunque trasmisible. En cuanto al de mayordomo podía serlo cualquiera que se pudiera desprender de 1.000 reales, que era aproximadamente el importe de la función. También decía que antiguamente la cofradía poseía suficientes fondos para atender con esplendidez la celebración de la fiesta, contándose entre sus bienes una gran porción de cabezas de ganado vacuno, que perdieron en la última guerra civil (Segunda Guerra Carlista, 1846-1849), durante la cual estuvo suspendida aquella por incompatible con las circunstancias. Algún año se obtenía el dinero ingeniando algún arbitrio, como sucedió en 1857 con el sorteo de un pequeño novillo.

Y terminaba diciendo que “para el forastero que se halla en Pina el día 24 de junio y ve por vez primera el aparato de la expresada fiesta, no deja de sorprenderle; bien seguro que en Aragón no se encontrará otro pueblo en que tan raramente se celebre el día de San Juan”.

Publicado en Gaiteros de Aragón. Revista de Música y Cultura Popular de la Asociación Gaiteros de Aragón, Nº 30, Otoño 2012. (y que tan admirablemente trabaja mi amigo Ignacio Navarro)

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